FIESTA DE COLORES, FIGURAS Y BELLEZA: CITLALLIS INV. 2000

Reportaje Especial

Mundo Soccer

Los premios Citlallis a lo mejor del torneo de Invierno de 2000 fueron entregados en una ceremonia, en una fiesta, en un evento que tiene las caracterŪsticas de la empresa que los organiz√≥.

Los Citlallis son unas estatuillas que se entregan como un símbolo de reconocimiento al trabajo realizado por un jugador o miembro del cuerpo técnico de un equipo que se destacó en un torneo.

Pero, realmente lo merecen aquellos que reciben su premio. No se puede asegurar, ya que el proceso de selección se basa en los votos de los presidentes de quipos, directores técnicos y periodistas, pero no existe un control en los criterios en las nominaciones que se hacen para obtener los resultados finales.

Participa en la selección un notario, pero ese notario sólo cuenta los votos y hace los sobres cerrados que contienen el nombre de los ganadores.

En México no existe un sistema organizado de votación para hacer una entrega de reconocimientos a lo mejor de un torneo. La mayoría de los jugadores e integrantes del cuerpo técnico premiado, son integrantes del equipo que fue campeón, lo cual lo hace muy poco objetivo.

En fin, la ceremonia, entre el caos que generó la gran cantidad de invitados y gente de staff que jugadores y periodistas que se dedicaron a cubrir el evento, estuvo de buen nivel y, podemos decir, bien organizada

EL PREVIO, ANTES DE QUE EL ARCOIRIS SALIERA

Aquella tarde era del tipo de cualquier otra tarde de primavera, el sol apenas se asomaba por las rendijas que dejaban las nubes que dudaban entre dejar caer su carga h√ļmeda o permanecer adornando el cielo que cubr√≠a la ciudad de M√©xico.

Eran las doce de la tarde del 20 de abril, había poca gente cuando llegamos juntos tres reporteros al restaurante que se ubica justo en la esquina de Vázquez de Mella y el periférico, en la colonia Chapultepec Polanco.

Restaurante fue hace varios a√Īos parte del casco de una importante hacienda de la capital. Pero eso es otra cosa que no incumbe al futbol.

El salón que se utilizaría para el evento era lo que en alguna ocasión se utilizo como la troje, bueno así le llamaban los que ahí trabajan, en realidad tenía más cara de sala de estar o comedor elegante de la época victoriana, que de un almacén de semillas o alimento para animales.

En fin. El lugar estaba oscuro, con muchos aparatos de iluminaci√≥n y c√°maras de televisi√≥n, ¬ďestrat√©gicamente acomodadas¬Ē, a decir de Armando Aceves, Director de Prensa de la Federaci√≥n Mexicana de Futbol.

El escenario estaba montado al fondo del lugar. Una gran pantalla de satín blanco coronaba el fondo del mismo. Algunas estructuras metálicas que asemejaban las curvas de la cintura de una exuberante dama, adornaban las partes laterales del gran estrado, en donde caminarían las grandes figuras del futbol mexicano.

La gente que cargaba cables de una lado para el otro, vestían camisetas de color blanco, un blanco un tanto grisáceo por el polvo que los cables dejaban caer sobre sus cuerpos.

Eran filas y filas interminables de cobre hilado envuelto en plástico de distintos colores, que al iniciar la ceremonia estarían enchufados por un lado en las fuentes de poder o en las consolas de transmisión y por el otro extremo con las cámaras y lámparas de iluminación.

EL NERVIOSISMO DEL ARRIBO TARDIO

Todo estaba programado para iniciar a las dos de la tarde de esa tarde de abril. Pero los minutos comenzaron a acumularse en un retraso que fue provocado, en primera instancia, por los directivos de la FMF que se habían aprovechado de la festividad para celebrar una de sus afamadas juntas.

Afamadas porque en la mayor de las ocasiones que se han suscitado, duran horas y horas, pero al momento de abrir sus puertas a los medios de comunicación, la información que dan no alcanza ni para dos minutos en un programa de radio.

Cuando se dignaron a terminar de hablar de los grandes problemas del futbol mexicano, que tendrán gran influencia en el destino del país, la gente ya estaba desesperada por ver los colores de la ceremonia y a sus ídolos del balón caminar y pavonearse con los honores que un Citlalli les puede dar.

Eran casi las tres de la tarde y la ceremonia seguía pospuesta. Ya no eran los directivos los que retrasaban las festividades. Ellos ya habían cumplido con su cuota de entrevistas con los reporteros que los asediaban para conseguir una buena declaración o una mejor foto para el diario color azul, que la que el colega del diario color café podría obtener.

No, ahora entran los jugadores e integrantes del cuerpo técnico de la selección nacional los que retrasaban la entrega.

Habían llegado unos minutos antes de las tres de la tarde. Los periodistas no perdieron tiempo y aunque mucha gente ya estaba acomodada en las incomodas sillas de la troje, los hombres del tricolor se detuvieron con calma para contestar los extensos y repetitivos cuestionarios de los comunicadores.

Los uniformados del ejercito mexicano de futbol, venían vestidos con ropa deportiva, verde con rojo y apenas un poco de blanco. Pasaron a sentarse en las sillas reservadas para ellos en el medio del salón, al frente de algunos invitados especiales y detrás de los directivos de los diferentes equipos de la primera división.-

Pero la espera no terminaba. Los conductores del evento a√ļn no estaban listos y algunos de los encargados de la organizaci√≥n del lugar no encontraban el espacio preciso para que los fot√≥grafos se sentaran o se pararan para hacer su trabajo y no estorbaran al mismo tiempo la ubicaci√≥n ¬ďestrat√©gica¬Ē de la c√°maras de televisi√≥n.

LUEGO EL SILENCIO Y EL DESFILE DE COLORES

La voz de un afamado reportero de televisi√≥n comenz√≥ a hablar y hacer un recuento del campe√≥n de Invierno 2000. El club Morelia. Las frases de halagos y vituperios hacia el equipo de casa que hab√≠a conseguido por suerte y condiciones de la competencia, salir campeones el a√Īo pasado, retumbaban en el peque√Īo lugar que estaba ya cerrado.

Después, la tarde se pintó del color de David Faitelson, aquel reportero de TV Azteca que deslumbra a la gente con sus reportajes de color y que ahora ponía de manifiesto sus capacidades para hablar bonito y armar frases rebuscadas, en una especie de reportaje que presentaba la doble cara del jugador, que cuando tiene un hijo se convierte en dos, en un pasado y un futro, que quizá... llegará.

Así se escuchaba lo que decía aquel reportero. La gente que estaba en las primeras filas de las incomodas sillas, eran artistas de la misma televisora que organizaba el evento.

Ellas ser√≠an las que se encargar√≠an de entregar los premios. Por cierto, llegaron tarde. O fue que se tardaron mucho en meterse en esos vestidos de dise√Īador que les hab√≠an dado para que lucieran como reinas en el evento, o que su maquillaje no estaba listo, o que el cabello no estaba como a ellas les gustaba m√°s. El caso es que cuando arribaron por la puerta y posaron su bellas figuras en las sillas, todo el mundo enmudeci√≥ y comenz√≥ el show.

La m√ļsica era estridente y de alto nivel guapachoso. Pero las ni√Īas, que rebasaban en su mayor√≠a los 18 a√Īos o m√°s y por lo tanto no eran tan ni√Īas, caminaban totalmente desinteresadas en saber de qu√© era el evento y porqu√© estaban cargando unas banderas de colores, los colores de los diferentes equipos que participaron en el torneo pasado.

¿De nuevo?, dijo alguna de ellas cuando se escuch√≥ la m√ļsica otra vez y las hicieron caminar por segunda ocasi√≥n consecutiva por el estrecho pasillo que dejaban libres las inc√≥modas sillas, cargando sus banderas de colores.

Es que se les olvido el ultimo paso. Dijo una de las encargadas de la organizaci√≥n. Las se√Īoritas de los tejidos de colores ten√≠an que apostarse alrededor de la sillas y ondear las banderas hasta que la m√ļsica terminara.

Terminó el show de los colores en telas y comenzó el espectáculo de los colores de los equipos en aquella pantalla que pondría de manifiesto las cualidades de cada uno de los ganadores o nominados a ganar.

Los dos conductores del evento comenzaron a hablar. Pasaba el tiempo, se entregaron dos o tres reconocimientos a alguna categoría que no estaba en los Citlallis. Uno especial para Aarón Padilla, quien por su longeva y ejemplar carrera se lo merecía.

Pero llegó lo bueno. Dijo uno de los fotógrafos que se encontraban al pie del estrado en espera de las mejores fotos, cuando anunciaron que una de las bellezas que estaba abajo sentada subiría a entregar uno de los primero Citlallis.

Así desfilarían una tras otra, mostrando lo mejor de sí y dando la pose perfecta para ser inmortalizadas una vez más por la lente de un periodista gráfico.

Hubo de todo cuando se entregaron las estatuillas, las cuales asemejan a la escultura que se encuentra en la explanada de Calzada de Tlalpan a las afueras del estadio Azteca, ¬ďes que eso es un Citlalli¬Ē, aclar√≥ uno de los otros reporteros gr√°ficos al pobre iluso que hab√≠a preguntado el porqu√© de esa semejanza.


Jared Borguetti

Antonio De Nigris

El mejor goleador, el mejor delantero y el mejor jugador, todos fueron para el mismo hombre, Jared Borguetti, quien se había convertido en la estrella de la tarde al llevarse las tres categorías que al fin y al cabo son lo mismo. Pues el mejor delantero es el que mete los goles y el mejor goleador es el mejor jugador.

En fin nadie sabe porqué, pero los Citlallis entregados a los jugadores de Morelia dejaron un poco de mala impresión, pues algunos de los jugadores que se los llevaron, no fueron los mejores en todo el torneo, sólo en la final y eso por ratos.

Las luces del sal√≥n cambiaban cada vez que un jugador del equipo de la televisora organizadora pasaba a recoger su trofeo, pero cuando no era as√≠, los colores variaban poco y la m√ļsica no era tan emotiva ni de tanto volumen.

Las se√Īoras que se encontraban en las incomodas sillas de la Troje cada vez acomodaban con mayor frecuencia sus ropas o su peinado de sal√≥n para que no se les moviera de posici√≥n o mostraran algo que no debieran, pero no se mov√≠an de su lugar, pues ver a los jugadores de cerca, casi nunca se les puede dar.

Al final de la entrega, todas las hermosas féminas que adornaban la primera fila pasaron al estrado para posar con los jugadores y gente de cuerpos técnicos ganadores.

El peque√Īo problema fue que no cab√≠an en las lentes e la c√°maras. Algunos fot√≥grafos ped√≠an que se hicieran hacia atr√°s. Pero el escenario no era tan profundo como se esperaba y no daba m√°s.

La solución era echarse hacia atrás, pero cuando esto sucedió, los hermosos arreglos florales que se encontraban a sus espaldas fueron pisoteados ante la mirada atónita de la mujer que quizá los había colocado ahí.

El jefe de prensa de la FMF trat√≥ de evitarlo, ya su mirada se ve√≠a desesperada cuando uno de sus ayudantes en la oficina de Lucerna, hizo lo mismo que los dem√°s y pas√≥ por encima de los verdes macetones con plantas y flores. Lo √ļnico bueno, es que eran de pl√°stico.

CIERRE DE LA CASA Y LA GRAN COMIDA

Se acabó, algunos salieron apresurados a buscar un autógrafo de sus jugadores favoritos y otros, como antes de la entrada a buscar una buena declaración de emoción del ganador y una buena foto.

Se arremolinaban alrededor de los ganadores las grabadoras y los micrófonos. Las cámaras de video golpeaban las cabezas de los curiosos que querían acercarse un poco más al gran goleador del Invierno 2000.

Los directivos ya caminaban al jardín. Ahí se habían acomodado algunas mesas con diez sillas, no tan incomodas, para que se llevara a cabo la comida con que se celebraría la fiesta.

Mientras, muchos de los jugadores se fueron a casa. Los de la selección no se quedaron, tenían que concentrarse porque jugaban el 25 contra Trinidad y Tobago en el estadio Azteca y la situación del equipo nacional no es tan buena como para quedarse a departir un rato con lo buenos amigos directivos y periodistas.

Poco a poco las personas que se dieron cuenta de que para ingresar al festín tenían que tener un boleto, se fueron retirando de la Hacienda que está en Polanco. Raro, en una de las colonias más caras del Distrito Federal hasta una Hacienda hay.

Sólo algunos jugadores se quedaron. Pero se cuidaron de que nadie los viera tomando un trago de cerveza, o de whiskey que se servía en las mesas de los directivos.

Poco apoco se fueron relajando los informadores y los directivos, sobre todo los organizadores del evento cuando ya no tenían que quedar bien ante cámaras de televisión y todas las declaraciones que se les hubiera ocurrido decir, ya las habían dicho unos y apuntado otros.

Llegó la comida, un poco de esto y otro de aquello, algunas bebidas y algunos refrescos. Nadie hizo desfiguros, al menos a la vista de los que pudieran dar cuenta de ellos. Muchos directivos tenían que irse pues tenían compromisos de negocios en sus estados.

Otros porque ya era tarde, los m√°s se quedaron a disfrutar de los placeres que el alcohol da y las delicias que una vieja Hacienda en la mitad de la ciudad puede dar.

La casa se cerr√≥, al menos la Troje, ya no sal√≠an colores de ah√≠, quiz√° no vuelvan a salir en un buen rato. Hasta que alg√ļn d√≠a a alguien se le ocurra organizar la fiesta de los colores y los Citlallis en la Hacienda de Polanco. Otra vez.


 

 
 
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